Ejercicio de Réplica

Antonio López Ortega

El nacimiento de las fundaciones empresariales en Venezuela tiene mucho que ver con los modelos de gestión que traían algunas empresas multinacionales  petroleras (fue el caso de la Fundación Shell) y con algunas iniciativas precoces de empresas nacionales (fue el caso de la Fundación Mendoza, ya activa desde los años 50). En el caso de Cigarrera Bigott, subsidiaria de British American Tobacco, en sus archivos se registra 1963 como el año de creación de la Fundación Cigarrera Bigott, que se dedicó inicialmente a objetivos internos: préstamos para viviendas de empleados y programas de mejoramiento vecinal en las áreas cercanas a las actividades operativas. Hacia 1981, año en el que se inician en Venezuela las regulaciones alrededor de la industria tabáquica, la institución pasa a llamarse Fundación Bigott, redefine sus estatutos hacia objetivos externos y define un nicho o posicionamiento realmente original: la promoción de la cultura tradicional venezolana. Los años 80, vale recordarlo, ya marcan un período de notable florecimiento fundacional, que llega a contabilizar 168 fundaciones privadas en 1993, 60% de las cuales se centraban en programas educativos y culturales. Los tiempos eran de sana competencia y, para diferenciarse claramente, Fundación Bigott contaba con dos herramientas esenciales: niveles de inversión cónsonos con el proyecto que se planteaba y una incursión en un campo cultural tan rico como desconocido.

La estrategia de Fundación Bigott podía definirse en pocas palabras: inventariar, realzar y promover una cultura de raigambre esencialmente rural para las grandes audiencias urbanas de Venezuela. Era como reconocer algo que siempre habíamos tenido, pero con la revalorización necesaria que ofrecían las nuevas tecnologías de la comunicación. En poco tiempo, programas distintivos como la serie ‘Encuentro con’ para televisión, la Revista Bigott para las audiencias pedagógicas y académicas, y los ‘Talleres de Cultura Popular’ para un estudiantado sediento de contar con una escuela de formación única, se convirtieron en los tres programas fundacionales que, luego, se ampliaron según iban surgiendo nuevas necesidades hasta llegar, en los años 90, a unos veinte programas claramente diferenciados. Esa misma década fue la de mayor crecimiento y la que distinguió a la Fundación Bigott como una de las dos más importantes fundaciones privadas de Venezuela.

Hacia el año 2000, cuando la posición comercial de British American Tobacco crece y se estabiliza en Colombia, surge la necesidad de crear un programa de responsabilidad social que tuviera mucho impacto en un país que se ha caracterizado siempre por tener una diversidad cultural admirable. Y para ir con pie seguro, los directivos de ambas filiales vieron con buen ojo la conveniencia de replicar en Colombia un modelo que ya había sido exitoso en Venezuela. La difusión de la cultura popular colombiana tampoco contaba con muchos interlocutores, y ello también le reservaba a la fundación naciente un perfil original y diferenciador. Bajo el nombre de Fundación British American Tobacco de Colombia, la nueva institución heredó muchos programas de su hermana Fundación Bigott y completó un ejercicio de réplica exitoso y aún memorable. Programas como el ‘Salón de Arte Popular BAT’, la revista Anaconda, el programa de espectáculos musicales ‘Fiestas Tradicionales de Colombia’, por mencionar los más vistosos, fueron transmutados de manera exitosa, hasta lograr un perfil propio que incluso los diferenciaba ante los modelos originales. Este esfuerzo tesonero convirtió en poco tiempo a la Fundación BAT en una institución cultural de referencia nacional, a la que acudían desde el Ministerio de Cultura de Colombia hasta instituciones culturales y gobernaciones a la hora de asesorare sobre temas ligados a la cultura tradicional colombiana.

A la distancia de los años, es bueno recordar qué hizo exitoso el proyecto de Fundación BAT. En primer lugar, tener el modelo de Fundación Bigott; en segundo lugar, contar con el apoyo irrestricto del tren directivo de la compañía; en tercer lugar, el equipo de trabajo con el que contó, comenzando por Oliva Díaz Granados, su primera gerente general; y en cuarto lugar, el grupo de asesores que acompañaron el proceso, entre los cuales debe destacarse Gloria Triana. Todos esos factores, más la calidad de gestión y el fervor del público, hizo posible que este ejercicio de réplica institucional se completara a la perfección y quedara como un modelo de simbiosis que mucho nos dice de lo se puede alcanzar cuando las metas y los propósitos se comparten al unísono.