Fiestas tradicionales del Tolima

Jairo Arias Barragán

LA VISION ANCESTRAL. En el territorio de lo que hoy es el Tolima, y mucho antes de que comenzara el crepúsculo de los dioses en la América aborigen, existió un conglomerado de naciones, grupos tribales dispersos en la llanura y en la sierra del norte y el sur, descritos por los cronistas como Pijao y Panche. A pesar del proceso sistemático de exterminio culminado exitosamente por Juan de Borja, bajo la estrategia de tala y arrasamiento, en el principio de los años 1.600, estos grupos dejaron para la historia el testimonio de su existencia al plasmar en múltiples formas y de diversas maneras, los rasgos primordiales de sus costumbres, su organización social, su música, sus danzas, sus instrumentos musicales, sus ritos y ceremonias, sus atuendos, su vivienda, sus festejos y, en general, de todos aquellos elementos que hicieron parte de su cultura.

En sus creencias, por ejemplo, el grupo tribal Pijao, creó sus propias deidades. El lugar privilegiado lo ocupan Locomboo y Nacuco. La primera es considerada una deidad benefactora, abuela del tiempo y de la abundancia; es además el ser infinito y eterno, creador de todas las cosas. Nacuco, por su parte, personifica al dios malévolo. Dice la leyenda que existió en realidad un indio con poderes sobrenaturales, capaz de predecir el futuro y hacer milagros. Atribuyen como causa de su perdición el haberse enamorado de una india llamada Ibamaca, quien, por conservar su castidad, y haciéndole creer que iba a acceder a sus deseos, lo citó a una cueva que taponó con piedras y tierra, tan pronto como Nacuco se encontró dentro de ella.

En el centro, Manuel Quintín Lame Chantre, líder indígena colombiano.​

Un factor profundamente arraigado en el conjunto de creencias de los Pijao y los Panche es el Mohán, en quien se concentran las principales decisiones de una nación. En los Pijao era el Mohán el que determinaba después del ayuno, la conveniencia de ir o no a la guerra. En los Panche, se definía como una especie de mediador entre la realidad circundante y los ídolos que sintetizan el mundo desconocido.  

Otro elemento clave que como el Mohán perdura en las Fiestas Tradicionales del Tolima, es el sentido alegórico que tuvieron para los Pijao y los Panche diversos animales. Las máscaras de los matachines danzan en el San Juan de Natagaima, el San Pedro del Espinal y el Corpus Christi del Guamo. Nos dice la creencia que estos grupos llevaban a la guerra en pequeños calabazos, pelos de león para ser más valientes, pelos de mona para adquirir destreza como trepadores y plumas de águila y gavilán para desarrollar una notable agilidad.

LA FUSION DE DOS MUNDOS. Adormecido el espíritu guerrero, una primera consecuencia de la conquista se vio claramente manifiesta en la alteración de sus principales rasgos culturales. Toda su organización tribal en parcialidades, sus creencias, sus costumbres y la práctica de sus formas primarias de agricultura, fueron irremediablemente alteradas por otros patrones que empezaron a regir.

Aún así esa imposición cultural demoró largo tiempo para ser asimilada, porque si bien es cierto que las estructuras se desplomaron, no hay que desconocer que, en el aspecto religioso, por ejemplo, las más antiguas creencias mantuvieron plena vigencia a través del culto secreto, aunque aparentemente fueran aceptadas las nuevas formas religiosas.

Silla. Región Tolima medio, 1 a.C. – 700 d.C. Colección Museo del Oro, Banco de la República. Foto cortesía de revistacredencial.com

Así mismo el sistema económico, político y social del viejo mundo apuntó lógicamente hacia la defensa de los intereses españoles en desmedro de las ya menguadas bases de nuestros ancestros. Por ello se fortaleció el comercio entre Santafé, Honda, Mariquita, Ibagué y Neiva; se crearon las grandes haciendas; se fortaleció la explotación minera, se impuso un exagerado sistema de tributación a los indígenas y se establecieron los resguardos, definidos como pequeñas unidades geográficas aptas apenas para la subsistencia.

Cabe destacar que la fusión de los dos mundos se dio en la marcada influencia de las actividades económicas y productivas, sumada a las profundas contradicciones sociales que se gestaron. Además, la presencia de varios grupos étnicos en el trabajo de las haciendas y los llamados convites, produjeron recíprocamente una amalgama de costumbres y formas culturales enriquecidas por las experiencias individuales y las tradiciones de quienes llegaron desde muy lejos, lo que modificó definitivamente todos los patrones culturales de la estructura prehispánica.

LAS FIESTAS TRADICIONALES. Entre las múltiples manifestaciones culturales que se arraigaron en el Tolima a partir del periodo conocido como la Colonia, las que alcanzaron a convertirse en auténticas expresiones folclóricas de la región, fueron las festividades del San Juan en Natagaima, el San Pedro en el Espinal y el Corpus Christi en el Guamo. En estas fiestas se fusionaron algunas tradiciones ancestrales que conservaron los grupos indígenas, especialmente los Coyaima y los Natagaima, con las costumbres españolas imperantes, incluida la marcada influencia de la iglesia y la de individuos pertenecientes a culturas distintas que trabajaron en la época del esplendor minero.

Lo interesante del San Juan, del San Pedro y del Corpus, es que siendo celebraciones eminentemente religiosas, permitieron desarrollar en su interior una serie de elementos que podrían denominarse paganos porque eran contrarios al sentido sagrado que conmemoraba la Iglesia Católica en honor a los Santos y al Santísimo Sacramento.

Contribuyó a la orientación pagana de las fiestas, la aversión primigenia que tuvieron nuestros ancestros por la nueva religión que chocaba violentamente con sus creencias, sus ritos y sus explicaciones sobre el mundo metafísico. Por ello es que hacen parte vital la música, la danza, el toreo, la vacaloca, la cuelga de gallos, los mitos y leyendas, la gastronomía tradicional y los matachines –consideradas figuras alegóricas de nuestros ancestros-; la utilización en su vestimenta de objetos relacionados con sus creencias como colmillos, huesos y plumas, así como mascaras que evocan la veneración que tenían hacia los animales, muestra en todo su esplendor el resultado de la fusión.

 

En lo musical y coreográfico, dice Misael Devia que a “los cantos peculiares indígenas en sus ritos, festejos, danzas guerreras, se sucedieron cantos jacarandosos, explosivos y alegres; danzas ingeniosamente coreografiadas y bailes atildados y elásticos llenos de colorido”.

Aunque estas fiestas se consolidaron ya en la república, una referencia de Fray Juan de Santa Gertrudis entre el periodo 1756 y 1767, dice lo siguiente sobre la fiesta del San Juan en la ciudad de Neiva: “Las noticias que adquiri de las fiestas son: hacen muchos altares en las calles; se previenen muchos dulces y botijas de chicha; hay toros y corridas de caballos, y con la bebezon se cometen muchos absurdos”. En lo relacionado con el toreo y la vacaloca –expresiones que aun se mantienen- el mismo autor expresa: “Por las tardes en el corral con sus hijos y los negros esclavos se toreo un novillo, y a la noche otro con los cuernos embreados y prendidos con candela”.