Juan Félix Sánchez

Arturo Sosa SJ

A veces el estar sumidos en la lucha cotidiana por transformar el presente oprobioso que vivimos en un futuro más humano, hace que estrechemos el horizonte de posibilidades del propio presente y, por supuesto, de ese futuro que estamos empeñados en construir. De pronto un encuentro con una realidad insospechada, con una persona y sus expresiones plásticas profundamente vitales, nos introduce en esa densidad de la vida real que habitualmente consideramos como inexistente o la remitimos tranquilamente al ámbito de los sueños agradables.   

Esto es lo que sucede cuando nos encontramos con Juan Félix Sánchez, un andino viejo, profundamente enraizado en esa cultura americana que “cree en Jesucristo y habla en español”, que la vive y la expresa con una absoluta originalidad. Tan original que no puede comprenderse ni contemplarse fuera de su contexto cultural, Juan Félix y su obra son una de esas expresiones de la vida humana ante las cuales no queda muchas veces más remedio que callar, porque las palabras no alcanzan a transmitir del todo la impresión que se recibe. Y es así no tanto por lo extraordinario, lo raro o lo insólito sino por lo cercano, lo sencillo, lo cotidiano, lo de todos nosotros los hombres vivido con profundidad y expresado con la simplicidad de quien exterioriza la vida que lleva dentro.

EL LUGAR

 

Desde San Rafael de Mucuchíes — el pueblo más alto de Venezuela — hay que caminar unas seis horas, atravesando el páramo de La Ventana, hacia los llanos barineses, para llegar a la casa donde viven —sólo ellos, pero no solitarios— Juan Félix y Epifania desde hace casi cuarenta años. El camino traspasa un paisaje cautivador. Vegetación de altura, grandes farallones de piedra por los que corren frescos y rumorosos chorros de agua de todos tamaños y múltiples melodías, rodeados de una gama de colores que la luz y el aire entre los tres y cuatro mil metros de altura convierten en una hechizante sinfonía. Se corre el riesgo de hacer interminable el camino por sucumbir  ante la tentación de la contemplación de los millones de detalles y del todo subyugante.

La casa de Juan Félix está allí “desde siempre”, es decir, desde que la memoria colectiva recuerda. Su nono la compró junto con las tierras de ese valle que se abre hacia el llano, y él heredó casa y tierras de su padre. Es una casa de piedra, al estilo de construcción andino, sin ventanas, con techo de zinc. La ventilación e iluminación se logra por los desniveles del techo. Juan Félix encontró una casa de una sola habitación grande y la ha ido ampliando con otros cuartos y pisos, construidos con paredes de piedra y trojas de caña brava, para convertirla en la casa de todo el que quiera llegar.

Junto a Epifania, «su compañera».

 

Algo más de un kilómetro, siguiendo hacia el llano por el borde de la montaña, está El Tisure, el punto escogido por Juan Félix “porque desde allí se ve el llano que fue donde se le apareció la Virgen de Coromoto a los indios Cospes”, para levantar una cruz de más de tres metros de alto, una capillita y una gruta para conmemorar los trescientos años de la aparición de la Patrona de Venezuela. Dentro de la gruta está representada, en figuras hechas por Juan Félix, la escena de la aparición. La gruta es de piedras, caracoles y hasta corales que fue recogiendo por varias partes del país. En ese mismo punto está la Iglesia dedicada a conmemorar el centenario del nacimiento del Dr. José Gregorio Hernández. Se trata de un hermoso templo de piedra y techo de teja, acompañado de un campanario que constituye la obra de arquitectura religiosa más bella e importante edificiada en Venezuela en este siglo. El diseño y la construcción son propios de Juan Félix. Lo hicieron las manos, la paciencia y el tesón de Juan Félix con la ayuda que Epifania y de quienes, siguiendo una vieja costumbre andina, se quedaron uno o varios días “metiendo la mano”, acarrearon piedras o acompañaron el proceso. Las paredes, el piso, el techo, el altar mayor, el altar destinado a la celebración de la Misa, las sillas, los bancos… constituyen un conjunto artístico impactante, pero,  lo que es más importante aún, logran crear un clima espiritual en el que se percibe la fe que allí expresa su creador, Juan Félix.

Detrás de la Iglesia, aprovechando los repliegues de un inmenso peñasco, Juan Félix creó su pesebre. El pueblo de Belén con sus casas y figuras de arcilla. El taller de carpintería de José. La cueva en la que nació el niño Jesús. Los potreros de los animales. El camino, la posada, la cascada, los músicos, la gente bailando y trabajando y mirando… Sobre esa piedra la Plaza Bolívar, con su busto de piedra negra esculpido por el viento y el agua. Juan Félix lo halló, le puso su pedestal de piedra y no necesita ningún arreglo más. De la Plaza Bolívar sale un camino de piedritas blancas goteado de piedritas rojas que sube a la pequeña colinita donde está El Calvario: Jesús crucificado, los dos que ajusticiaron con él, María, la madre dolorosa, encogida de dolor sentada en una piedra al pie de la cruz, María Magdalena, Juan, el discípulo amado… Dos soldados romanos, el de la esponja de hiel y vinagre y el de la lanza ensangrentada bajan por el camino. ¡Ya hicieron su trabajo! José de Arimatea y Nicodemo suben, en cambio, con su escalera y tenazas para desprender el cuerpo de la cruz. Y detrás del Calvario el Sepulcro de Jesús, también de piedra, con la fosa tapada con una laja de piedra y el cuerpo de Jesús tallado en madera del árbol Colorao —como las figuras del Calvario— con su corona de espinas, “que yo sé que no lo enterraron con ella… pero queda más bonito”.

Todo el Valle delata la presencia de Juan Félix. Una toma de agua adornada de piedras y flores, con su totumita para que el peregrino sorba el agua fresca de la montaña. Un banquito aquí o allá para sentarse “a ver”; un puente, también de piedra para pasar al planito de pasto verdecito… Un valle humanizado, porque “la naturaleza pone las piedras por ahí,… pero uno las acomoda y ya no es la naturaleza… es el hombre”.

“Esto siempre ha sido muy bonito. Para mí ha sido, no sé si para los demás. Esta fue una de las razones por la que me fui quedando aquí: la belleza…”

EL HOMBRE

 

A Juan Félix ningún adjetivo le cuadra. Es arquitecto, escultor, tejedor, artesano, artista, devoto, rezador, narrador, maestro, constructor, amigo, hermano… Es todo eso y más, pero ninguno de esos adjetivos ni su conjunto agotan al hombre. Es Juan Félix.

Nació con el siglo en San Rafael de Mucuchíes. Desde niño trabajó en la agricultura, se hizo baquiano caminando con los arrieros de las mulas de su papá. A los 10 años hizo un molino de agua en el pueblo, a los 16 quiso hacerse “baquiano de lejos” y llegó entre trabajos e incertidumbres, hasta Maracaibo. Regresó al pueblo con la novedad de una vitrola. Aprendió, con un amigo, a ser maromero. “Maroma se entiende hacer agilitud, agilidad en el cuerpo, y ¡ahí va!”. Hacían funciones en el pueblo. También con títeres. Después lo nombraron Secretario de la Prefectura. Presidente de la Junta Comunal “… y le pusimos luz al pueblito. No cobramos, pero había luz”. Más tarde fue juez, pero “no me gustaría, no me gustará y no me gustó. En eso saqué el cuerpo y me vine pa’acá”. También aprendió a tejer y trabajó en la reconstrucción de la iglesia de San Rafael con el Padre Sánchez “que era muy amigo mío. Con ese padre trabajé mucho en la iglesia, Él era cura en Mucuchíes, y se venía, se quitaba la sotana y se ponía a trabajar conmigo…”

Se vino definitivamente para El Potrero en 1943, un año después de la muerte de su mamá, “Yo era el toñeco, estaba muy apegado a ella y me dolió mucho. Entonces invité a Epifania, que se portó muy bien cuando la muerte de mi mamá atendiendo a la gente en la casa, y nos vinimos”.

Juan Félix va a San Rafael una vez al año, para la fiesta de los Fieles Difuntos o cuando alguno de los dos se enferma. Pero se regresa a su valle lo más rápido posible porque en el pueblo o en la ciudad se aburre mientras que en El Potrero siempre encuentra en que distraerse. Allí está en el ambiente que ha ido recreando, trabaja, construye, lee, teje, contempla, ora, sueña y todo “para los amigos”.

Juan Félix es, sobre todo, un hombre de fe. Su vida es un encuentro con Dios y es un testigo de ese encuentro. De allí parte su inspiración artística. Es una fe que se expresa artísticamente. Es un artista que expresa su fe. Juan Félix es un santo en el sentido paulino y profundo de esa palabra. Es el hombre que ha pasado de la muerte a la vida… y vive… y trasmite esa vida en abundancia.

UNA EXPERIENCIA ESPIRITUAL

Una vez al año, en febrero, se celebra allí la fiesta de la paradura del niño. Se reúnen hasta 150 personas, casi todas de San Rafael. Durante el año van visitantes y peregrinos a dar también testimonio de su fe.

A casa de Juan Félix fuimos a celebrar la Semana Santa. Nos reunimos unas veinte personas entre campesinos y peregrinos. Y la vivimos, Juan Félix puso las condiciones para que fueran unos días vividos en la fe. La celebración litúrgica formaba parte importante de esa vida, pero lo que en ella simbolizamos trascendió. Compartimos su casa, su fogón, su calor, sus conversaciones, cuentos y adivinanzas, sus preguntas y respuestas, su risa, su alegría profunda. Durante esos días nos encontramos con el Espíritu, vivimos como hermanos, celebramos la vida que estábamos encontrando, participamos en la muerte y resurrección de Jesús. Revivimos esa dimensión de la esperanza en la posibilidad de hacer un mundo nuevo, de volver a nacer del amor; la fe en el hombre nuevo.

Juan Félix no es un modelo, no es un proyecto político que podamos multiplicar no es genio ni un semi-dios. Es un hombre común nacido en un pueblo andino, inmerso en esa cultura, que vive y ha vivido, que su fe lo hace consciente del esfuerzo que ha hecho para vivir y de cómo en ese encuentro ha estado presente el Espíritu de Jesús. Todo lo ha hecho él, pero en todo encuentra que ha actuado la fuerza de Dios. Por eso es artista, por eso es hombre y es hombre de fe.

El encuentro con Juan Félix  sacude, no admite la indiferencia, obliga a tomar posición frente a la vida que vive y trasmite. Para mí, fue una experiencia de Pascua, de muerte y resurrección. Gracias Juan Félix, o, mejor, gracias al Espíritu que “sopla donde quiere; oyes el ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Eso pasa con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn, 3,8).


Este artículo fue cedido por el Centro Gumilla, y publicado en su revista en mayo de 1980.