Nombre y personalidad

Ángel Rosenblat

Los latinos relacionaban nomen, el nombre, con omen, presagio o agüero, palabra cuya terrible significación nos queda en ominoso y en abominar, Cicerón decía: “Bona nomina, bona omina” (buenos nombres, buenos augurios). Ayaxl, el infortunado héroe griego, tenía en su nombre el signo de su destino: “deplorable, triste, penoso”.

En muchas sociedades de tipo arcaico la elección del nombre está regulada estrictamente por el clan, y la perpetuidad de las almas está determinada por la perpetuidad de los nombres. Ignace Meyerson recoge recoge en su obra algunas noticias. Entre los zuñis de la provincia de Cíbola cada nombre expresa una parte o atributo de animal totémico, y al asignarlo a una persona se determina su papel en el clan y su jerarquía en el ceremonial religioso. El hombre primitivo –como ha mostrado Frazer, y han comprobado centenares de investigadores en todas partes del mundo– cree que hay entre los nombres y los seres u objetos que designan un vínculo sustancial, y que se puede actuar sobre una persona y causarle un mal a distancia por medio de su nombre, como se puede actuar sobre él por medio del pelo, las uñas o una parte cualquiera de su cuerpo. El nombres una parte vital, tan propia como los ojos o los dientes. El groendandés –dice Knud Rasmussen (citado por Jespersen, en Humanidad, nación e individuo)– divide a la persona en cuerpo, alma y nombre: el nombre implica cierta provisión de poder vital, y el niño que recibe el nombre de un muerto hereda sus cualidades. O el muerto revive en el vivo. Hay esquimales que al envejecer cambian de nombre, para lograr un nuevo lapso de vida. Los indios de Chiloé guardan el secreto de sus nombres y se aterran si alguien llega a pronunciarlos en voz alta. Cuando un extranjero pregunta por su nombre a un araucano, contesta invariablemente: “No tengo ninguno”. Hay tribus canadienses en las que jamás puede uno pronunciar el propio nombre. Solo pueden hacer los demás. Muchos pueblos tienen, desde la antigüedad, la costumbre de usar un nombre público y otro secreto. Los indios del Orinoco (chiricoas, piaroas, panares) preguntan al forastero por su nombre, y ellos dan en seguida el suyo, pero su nombre español, no su nombre indígena. Juan Solito, el cazador de tigres de Canaima, la novela de Rómulo Gallegos, oculta cautelosamente bajo el apodo su nombre propio y verdadero. El nombre forma parte del campo mágico de la persona, y hay que protegerlo contra cualquier asechanza. El sentido mágico del nombre en pueblos diversos, esparcidos por los cinco continentes, habla a favor de la unidad original del lenguaje humano.

Hay un sentido reverencial del nombre y hay un tabú del nombre. Los primeros cristianos adoptaron en el bautismo nombres como Renatus (renacido), Benedictus (bendito), Pius (piadoso), que eran una afirmación de su nueva fe, y en España, en el siglo XVII, las polémicas sobre el dogma de la Inmaculada Concepción dieron nombres como María de la Concepción (y consiguientemente María de los Milagros, María del Carmen y otras advocaciones de la Virgen), que empezó siendo una combativa profesión de fe. De ahí la actual profusión de nombres como Concepción, Asunción, Carmen, Soledad, Amparo, Consuelo, Milagros.

Hoy los cristianos suelen dar a sus hijos el nombre de los padres o parientes vivos; los judíos solo el de los antepasados muertos, lo cual implica en otros pueblos evocar los espíritus malignos. Entre los guajiros, por ejemplo, mencionar el nombre de un muerto ante los miembros de la familia es un delito que a veces se castiga con la muerte. En Australia y en América del Norte hay tribus en las que, si uno muere, todos los que tienen el mismo nombre se lo cambian. Entre los abipones del Chaco –cuenta el P. Dobrizhoffer– si moría una persona, quedaba abolido su nombre. Si se llamaba, por ejemplo, “Jaguar” o “Caimán” había que cambiar el nombre del jaguar o del caimán. En los siete años que vivió entre ellos, los abipones cambiaron tres veces el nombre del jaguar: las ancianas de la tribu acuñaban, en lugar del nombre del muerto, nombres nuevos acatados por todos. Hechos análogos ocurren en Groenlandia, en Madagascar, en África Central, en la India meridional. 

La igualdad de nombre crea una hermandad de tipo mágico, y nuestra palabra tocayo, que la evoca, se ha creído que se debe a los indios mejicanos. Entre los esquimales implica una identidad, y las personas que tienen el mismo nombre pueden intercambiar a sus funciones. 

El tabú del nombre corta las raíces de la tradición histórica. Los poetas esquimales pueden ser famosos en vida; la muerte borra inexorablemente sus nombres. No es raro, en pueblos diversos, que el nombre se renueve, en las distintas épocas de la vida, o ante acontecimientos externos, afortunados o infortunados. Una persona en peligro cambia su nombre para despistar a los espíritus hostiles. Entre los anamistas del Viet-Nam, si un niño está gravemente enfermo y han fracasado todas las artes, se recurre al remedio supremo: cambiarle el nombre. Todavía en 1878 el emperador de China, para conjurar una sequía espantosa, cambió de nombre. Muchos pueblos de Asia, de África, de Oceanía –léase de nuevo a Frazer– mantienen secreto el nombre de sus jefes y de sus reyes. En cambio, para nuestro mundo dejar un nombre es hoy suprema aspiración. Nuestra civilización, que es producto de la conciencia histórica (el homo sapiens lo es sobre todo por ser homo historicus) ha hecho un culto del nombre, que sólo se cambia cuando se trata de desvanecer la propia personalidad o de adquirir otra (la mujer al casarse, el que ingresa en una orden monástica o un príncipe en el acto de la coronación). Pero modernamente ha surgido el orgullo del nombre o el honor del nombre, y hasta el temor de que pueda desaparecer y el afán de asegurar su persistencia, como signo de la estirpe. Ya en las Coéforas de Esquilo lo expresaba Orestes (v. 505-506): “Los hijos del héroe salvan su nombre de la muerte…”.

Claro que las circunstancias especiales de la vida política o artística generalizan a veces el seudónimo afortunado (Lenin, Stalin, Máximo Gorki, Mark Twain, Rubén Darío, Pablo Neruda, Azorín), que borra el nombre legítimo. Pero en general la vida moderna ha impuesto la continuidad tiránica del nombre, adherido a la personalidad. Con razón que se quejaba Goethe, en Poesía y verdad, de que Herder, “que no podía escribir una carta sin salpimentarla con una cuchufleta”, se hubiese permitido un juego de palabras agraviante con su nombre (“von Götthern du stammst, von Goten oder von Kote…”). El nombre propio –dice– no es una capa que se le cuelga a uno y que cabe deshilachar o desgarrar, sino que es un traje perfectamente ajustado, o mejor, “la piel misma, que crece con uno y a la que no se puede herir o lastimar sin causar daño a toda la persona, o sin que toda ella se resienta”. No es extraño que el nombre, tan consubstanciado hoy con la persona, se degrade en número, en las cárceles y campos de concentración de regímenes infrahumanos. La falta de nombre implica algo terrible, inaudito: “¡Eso no tiene nombre!”, decimos de lo que sobrepasa todos los límites, de algo mosntruoso. Dentro de la tradición latina, la falta de nombre, la ignominia, se ha vuelto equivalente de deshonra o infamia.

Nuestro mundo histórico, el de las ciencias y de las artes, incluyendo las de la guerra y el gobierno, está dominado –¿lo seguirá estando en el futuro?– por el valor y el prestigio de la personalidad, valor y prestigio que a veces han revestido las formas de culto, con monstruosas manifestaciones idolátricas. El nombre se ha encarnado en la personalidad, y se actúa en nombre de alguien cuando se asume su representación. Escuchemos a un español que tuvo como nadie el sentido dramático de su yo, y la angustia de la inmortalidad o dela muerte. Escuchemos a Don Miguel de Unamuno:

            Preguntar “¿qué es eso?” quiere decir “¿cómo se llama?”. En el principio fue la palabra, y en el fin lo será, pues en ella ha de volver todo… El hombre deja a la tierra unos huesos, y al aire un nombre, un nombre en la memoria de la palabra creadora, en la historia, tejido de nombres; un nombre, si logra buena ventura, más duradero que los huesos, más que el bronce… ¡La palabra y el nombre! “Santificado sea el tu nombre”, se nos ha enseñado a rezar. Y es que el nombre de Dios es Dios, es divino. “¡Dime tu nombre!” suplicaba anheloso Jacob al ángel con quien luchó, pasado el vado del Jacob hasta el rayar del alba… “¡Dime tu nombre!” Y Jacob le dijo el suyo para que le bendijera.